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domingo, 15 de octubre de 2017

Ausencias


Lluvia y sombras. Félix Prieto, Lucía. (Rockwood Conservation Area, Canadá; 2017)

Prometo que llegará el día en el que no me consuma tu marcha,
que cese la búsqueda de tu sombra entre mis sábanas,
el tacto gélido de tus dedos entrelazados con los míos,
el abrigo que me ofrece tu ausencia.

Dejaré de pensar en cómo la distancia entre dos cuerpos inertes puede hacerse infinita en noches de insomnio,
y desecharé la idea de conservarte en ellas; pues tener a alguien solo en sueños es como un vaso medio vacío,
o vacío del todo...
No es más que una ilusión que se esfuma.

No habrá poema de Neruda que me recuerde a tu mirada,
ni canción que se me resista a enlazarla con suspiros.

Volveré a estar completa, como siempre lo he estado. Pero aún es pronto.
El olvido se hace de rogar, y más cuando el dolor lo acompaña de la mano.

miércoles, 24 de mayo de 2017

"Toda esa puta electricidad era una mentira más"


Mentiras y ficciones eléctricas. Félix Prieto, Lucía. (Sala París 15, Málaga; 2017).

Ficciones.
Nuestra vida está llena de ellas.
Las necesitamos para continuar errantes en este mundo, donde las injusticias reinan la corona de la soberbia y el egoísmo.
Ficciones que no se materializan; o sí lo hacen, pero en forma de lágrimas o cristales punzantes.

Comenzando por la ficción más grande jamás creída: la idea de Dios.
Debe morir, decía Nietzsche; y únicamente tras su entierro, el hombre podrá madurar y prosperar.
Qué razón tenías, amigo nuestro.
Dios, quien solo existe en los pensamientos equívocos de pobres esperanzados.
En la psique de aquellos que necesitan inventar ficciones para asegurar su camino en la espesa niebla que nos recubre. (Eh, pero, ¿eso no éramos todos?)

Y como esa, muchas otras.
Son infinitas las ficciones que nos gobiernan.
Como los sentimientos: el amor, la tristeza...

¿Y la felicidad? ¿No es también una ficción? En efecto.
Son destellos que se disipan en nuestro oscuro universo.
No hablo de imposibilidad, pero sí de efímeros y oníricos momentos.
De ficciones, al fin y al cabo.

De eso trata todo en realidad.
Ficciones, tan absurdas como necesarias.
Que inundan nuestras vidas de mentiras. Mentiras que nosotros asimilamos como ciertas.
¡Qué bien se nos da mentirnos a nosotros mismos!

En el fondo, os(nos) comprendo.
Puede que esa sea la única forma de subsistir en este penumbroso mundo terrenal...


Sí, Leiva, toda esa puta electricidad era una mentira más.

domingo, 7 de mayo de 2017

Música, arte, vida

La magia del Poeta Halley. Félix Prieto, Lucía. (Sala París 15, Málaga; 2017).

   Dicen que, hasta que no escuchas un grupo de música en directo, no comprendes lo especial de sus canciones, la importancia de cada uno de los acordes, el significado de sus letras, lo que verdaderamente transmiten, desde una perspectiva mucho más profunda. Bueno, he de reconocer que eso del dicen es mentira; soy yo la que lo dice. Antes de este concierto, Love of Lesbian era solo un grupo alternativo más. No estaba mal, de hecho, me gustaban bastante; pero oye, las canciones eran algo extrañas. Y las letras... ¿Incomprensibles? Llenas de metáforas sin sentido, elementos indescifrables, correlaciones que no tenían a veces ni pies ni cabeza... O eso pensaba.


   Fue comenzar Cuando no me ves y algo se movió dentro de mí. No sé describirlo exactamente. Quizás sería la emoción por adentrarme en algo nuevo, en un viaje astral por el que me conducirían sus canciones. Y así fue. Durante las más de dos horas de concierto no pude más que sumergirme en sus sonidos, sus recitales de poesía. A lo largo de esos efímeros minutos, me hicieron olvidarme de todos esos complejos asuntos que se esconden en los compartimentos de mi mente, sitios en los que solía gritar. Sí, de repente, desaparecieron. Desde luego, puedo afirmar que, aquella noche de viernes, la Luna nos dio el premio que tanto merecíamos: escucharlos (y sentirlos, tan cerca).


   Y creía que ya se iban, finalmente, pero volvieron. Y volvieron con lo más bonito de su discografía: El Poeta Halley. Necesitaba escuchar esa canción en directo. Fue la que dio origen a todo. Y lo hice, al fin lo conseguí. Y fui feliz, no os imagináis tanto. Creo que suena algo estúpido, pero me sentí especial, estando allí, en ese momento, escuchando esa canción especial en vivo, con el grupo a escasos metros de mí, y decenas de personas a mi alrededor que, posiblemente, estaban experimentando algo similar a mí. Me sentí viva. 


   Llegué a comprender lo especial de sus letras, lo que querían transmitir con cada una de ellas. Con tan solo mirar la expresión de Santi, sus movimientos, el énfasis de los músicos, los apuntes antes de comenzar las canciones que más significaban para ellos... Todo, todo me hizo comprender que Love of Lesbian es uno de los mejores grupos nacionales del panorama musical actual, Que sus letras son pura fantasía y sentimiento: hacen viajar, llorar, reir, perderse entre pensamientos, y, sobre todo, consiguen emocionar. Y qué cosa más bonita que el hecho de que el arte de unas palabras combinadas con una preciosa melodía te hagan sentir cosas sin suponer algo material, en este mundo tan superficial y absurdo en el que nos encontramos. Porque no hay tampoco nada más bonito que alguien se desnude de esa forma tan profunda (hablando en un sentido metafórico), y puedas sentir como cada una de sus palabras penetran dentro de ti.


    La conclusión que extraigo de toda esta experiencia que he intentado expresar con palabras es la siguiente: 
Si nos quitan el arte, nos quitan la vida. 
Y no hay arte más bonito que el que se puede transmitir de persona a persona, a través de la música. 



A ti, Santi Balmes, te pido: no dejes de hacer poesía.
Eres el mago que encontramos cuando miramos los ojos. Y, si no hay mago, no hay magia.
No dejéis de acompañar versos llenos de metáforas con melodías.
No dejéis de hacer magia.
Nunca, nunca dejéis de hacer arte.
Porque, por muchas pocas putas ganas de seguir el show que se tengan, como diría el gran Freddie Mercury: 'show must go on'.



Y ahora puedo afirmar, de verdad, que me habéis ganado. 
Os habéis ganado mi voz, mis palabras, mi corazón... 
Ahora yo también soy otra fan de John Boy.


Y...
"Como un día me dijo el poeta Halley, 
Si las palabras se atraen, que se unan entre ellas 
Y a brillar, que son dos sílabas"


   Pero, eh, por qué no compartir, ya que estoy con la referencia a las canciones, un poema (o más bien prosa poética, pues es algo torpe con las rimas) que habla de una chica que era a la vez Oniria e Insomnia, aquella que soñaba, y quizás dormía sin saber:

"Oniria e insomnia,
el poema de las contradicciones.
Como la escritora de estos versos.
Oniria de día, insomnia de noche.
Soñar despierta, despertar soñando.
Dormir inquieta, atemorizada por las pesadillas;
o no dormir, y permanecer horrorizada por la realidad.
Nunca quiso asumirlo, y, por ello, se refugió en sus sueños.
En el sentido metafórico y literal de la palabra.
Soñaba con volar, con huir del mundo y de la vida.
Pero no dormía.
Lo consideraba una pérdida de tiempo.
Pero, cuando despertaba, solo quería dormir.
Llegó incluso a desear dormir para siempre,
sumergirse en un sueño eterno,
fusionarse con Oniria y abandonar a Insomnia.
Pero sabía que la echaría de menos.
Se sintió culpable, y volvió con ella.
Pasó noches en vela abrazando a Insomnia, 
en medio de la oscuridad de sus pensamientos.
Esta le acariciaba el pelo, la consolaba.
Y Oniria observaba en silencio, recelosa.
No podía decidirse por una o por otra.
Quizás fuera Oniria, quizás Insomnia.
Quizás una mezcla de ambas.
Una contradicción.
La de vivir soñando, y morir durmiendo.
Y viceversa"
Atte: la chica de las contradicciones

GRACIAS.




domingo, 26 de febrero de 2017

"Somos solitarios permanentemente en contacto"


Digitalización vital. Félix Prieto, Lucía. (Málaga, 2017).


     Tenemos la necesidad de contar en todo momento lo que hacemos y con quién lo hacemos, de mostrar cómo nos sentimos en forma de limitados caracteres. De revelar qué nos gusta y cómo nos gusta, como si alguien fuera a tenerlo en cuenta. De dar nuestra opinión acerca de cualquier tema, incluso de aquellos sobre los que no tenemos ni idea, sin que nadie nos pregunte. De sentirnos escuchados (o leídos), aún sabiendo que probablemente sea a un porcentaje muy bajo de la gente que nos está leyendo al que verdaderamente le interese todo lo que relatamos. De colgar fotos de cada fiesta, cada encuentro con nuestros amigos, etc, como si necesitáramos mostrar al mundo que no estamos solos, que somos sociables, extrovertidos, divertidos, alegres... Sí, por qué no admitirlo, tenemos la necesidad de aparentar que somos quienes no somos en todas nuestras redes sociales.

     ¿Os habéis preguntado alguna vez por qué lo hacemos? ¿Por qué no paramos de subir a Internet fotografías que dan constancia de lo "felices" que somos (aunque, y está más que demostrado, en ciertas ocasiones estas no sean sino mera apariencia)? ¿Por qué tenemos la necesidad de acercar nuestra experiencia vital a conocidos (que no amigos) y extraños, cuando debería ser algo personal e íntimo? Da la sensación de que nuestra vida no podría existir si no estuviera digitalizada, como si fuera condición sine qua non que cientos, miles o millones de personas tengan acceso a nuestros recuerdos para hacerlos reales... Parece como si el hecho de reservar aspectos de nosotros mismos y no hacerlos públicos en las redes nos anulara como personas.

    ¿Qué se encuentra detrás de todo ello? Una soledad inmensa. Ya lo dijo Zygmunt Bauman: "Somos solitarios permanentemente en contacto". Las redes sociales nos consumen, nos aniquilan, nos reducen a meras apariencias.

     Ahora decidme que no es triste quedar con un grupo de amigos y que no paren de interactuar con sus teléfonos móviles en vez de entre ellos. Que sustituyan el calor humano por el calor digital. Que se pierdan las sonrisas compartidas y se conviertan en emojis que se envían a través de WhatsApp. Que las cartas escritas a mano hayan sido sustituidas por mensajes largos que se leen detrás de una pantalla, y que las palabras más sinceras que se pronunciaban mirando a los ojos, fijamente, sean ahora indirectas resumidas en 140 caracteres que flotan en la nada. Decidme que no os da pena ver cómo todo contacto entre personas queda reducido a una mera interacción digital, y que los abrazos, los besos, o cualquier demostración de amor (y no hablo solo de pareja) pierda valor por un insignificante "no me contestaste al WhatsApp y ví que estabas en línea".

     Cada vez somos más las personas que nos estamos quedando sin vida por culpa de las redes sociales. Ha llegado un momento en el que no somos capaces de disfrutar de nada de verdad, porque estamos más pendientes de hacer que los demás vean que lo hacemos que de verdaderamente entregarnos a ello. Ya no experimentamos las cosas, ahora las publicamos, y ya luego, si eso, nos paramos un segundo a ver qué ocurre. No apreciamos nada. Absolutamente nada. ¿Sabéis? A veces envidio a un amigo mío, que no necesita las redes sociales para vivir. Cada vez son menos las personas como él, que son capaces de subsistir sin permanecer eternamente conectados a la red, sin publicar todo lo que experimentan, sin dar constancia de cómo se sienten a gente que no conocen (sin embargo, prefieren hacerlo en persona, con gente de confianza, ¡qué descubrimiento más útil!).

Creo que, después de leer todo esto, hay algo que queda claro, y es lo siguiente: 

Merece la pena pararse a pensar, y darse cuenta de que la vida real no se encuentra detrás de una pantalla.

Yo he decidido desintoxicarme un poco de las redes sociales. Hazlo tú también. 
No dejes que la tecnología determine quien (no) eres.

viernes, 27 de enero de 2017

¿Son necesarias las etiquetas?

   
Enmarcar la belleza. Félix Prieto, Lucía. (Álora, Málaga; 2017).


   Estamos obsesionados con poner(nos) etiquetas. En esta sociedad, desde que nacemos ya nos asignan una etiqueta determinada. "¿Es niña? ¿O niño?"(¡No vaya a ser un alienígena!). "Pero qué niña más guapa tienes". "¡Vamos a comprarle un pijamita rosa! ¡Y una cuna rosa! ¡Y un chupete rosa!". La niña se hace mayor. Le regalan muñecas, y posteriormente vestidos, tacones, la apuntan a clases de baile (de forma forzada), la enseñan a depilarse y a pintarse, a sacarse partido a su explosiva feminidad... Pero, ¿qué ocurre cuando esa niña crece y se da cuenta de que no encaja en la etiqueta que le han asignado? ¿Que no es el producto perfecto y femenino que intentaban crear? Que cuando le regalaban muñecas, ella quería videojuegos; que siempre ha odiado la depilación y maquillarse, porque opina que es una pérdida de tiempo; que es horriblemente patosa para el baile y lo odiaba, y que hubiera preferido apuntarse a algún deporte, como el atletismo. La niña calla, calla y retiene, para evitar el conflicto. Porque quizás no encaja en el rol del género femenino que le fue asignado al nacer, pero oculta esta insatisfacción, ya que conllevaría el aislamiento, la apartaría de sus seres queridos. Porque incluso puede que no se considere mujer, sino que se identifique como hombre, o como ambos, o como ninguno de ellos. Quizás solo quiere ser ella misma. Quizás solo quiere ser una persona.

   Cada vez que leo más acerca del tema, me encuentro con millones y millones de etiquetas nuevas, en cuanto a géneros, sexualidades, tipos de personalidad... Formas de clasificar a una persona según sea de una forma u otra. Aunque el propósito pueda ser considerado bueno y válido, quizás deberíamos analizar el trasfondo. Estamos subordinándonos a ser marionetas del sistema; porque, si lo pensáis un poco, etiquetar... Se etiqueta a los productos. Les conviene que estemos preocupados por "definirnos", por saber en qué cajón meternos, mientras ellos hacen con el mundo lo que les conviene. Y, en cierto modo, les favorece el individualismo que nos invade. Claro que les favorece. Porque, muchas veces, el hecho de centrarnos tanto en nosotros mismos, en quiénes somos y qué somos, nos hace olvidar que hay mundo más allá de nosotros, y que quizás todo iría algo mejor si dejáramos de preocuparnos por encontrar nuestra etiqueta, con la que marcarnos de por vida, y nos empezáramos a interesar por asuntos que abarcan al resto de seres. Puede que no seamos tan importantes como pensamos, al fin y al cabo, y que la clave no esté en adscribirnos a un grupo de la sociedad, en unirnos a uno de los diferentes subgrupos de la masa, sino a luchar en conjunto por un mundo mejor.

  Sin embargo, voy a contradecirme a lo señalado anteriormente. Admito que, muy a nuestro pesar, las etiquetas son necesarias en un sistema como el nuestro: heteropatriarcal, capacitista, especista..., donde etiquetarse supone adscribirse a una lucha que motiva el cambio. No obstante, etiquetarse también significa limitarse. Todo sería mucho más sencillo si simplemente pudiéramos ser nosotros mismos, sin necesidad de encasillarnos en un rol o característica determinados. Por ello, hemos de luchar por eliminar los roles de género, el etiquetado inconsciente pero forzado, el "si te consideras 'x', debes ser de tal forma", la estúpida necesidad de atribuirnos cualidades que tal vez no tenemos por tal de encajar. Crear un sistema tolerante en el que cada persona puede ser exactamente como quiera ser, sin ser discriminado por ello, ni necesitar clasificarse como 'x' o como 'y'. Cada persona es un mundo, un mundo complejo y apasionante, imposible de catalogar en un tipo determinado.

   Deseo, espero y creo firmemente que llegará un día en el que las etiquetas no nos hagan falta, y que podamos hablar de nosotros como personas, seres individuales y completos, aun con la dificultad que eso suponga. Y poder decir:

Hola, soy Lucía, mujer, cisgénero y bisexual, encantada. 
Hola, soy Lucía, una persona que se enamora de personas, encantada.

miércoles, 25 de enero de 2017

Las palabras (no) se las lleva el viento


Florecer. Félix Prieto, Lucía. (Álora, Málaga; 2017).


   Imagina que te proponen que cierres los ojos, que te concentres y relajes, sumergiéndote en tu propio mundo de pensamientos. Entonces, imagina que te plantean que vuelvas al momento en el que alguien pronunció palabras hirientes en tu contra, que calaron en lo más hondo de ti. Sí, piensa en esas palabras, aunque duelan (y no precisamente poco). Lo notas, ¿verdad? Es como si esas insignificantes palabras se hubieran quedado clavadas en tu memoria, como si aún pudieras sentir el daño que te ocasionaron. Ahora, imagina que te plantean exactamente la situación contraria, y que debes recurrir al recuerdo de palabras que te hicieron feliz, que en el transcurso de dicho discurso te hicieron sentir una persona afortunada. Sí, veo la sonrisilla tímida que se dibuja en tu rostro. Es increíble el efecto duradero de las palabras...

   Es triste darse cuenta de las mil y una palabras que se quedan sin decir, aunque detrás de ellas haya existido el motor que trataba de impulsarlas. Llámalo deseo, llámalo ganas, llámalo amor... Llámalo como quieras. Seguro que también puedes pensar en una situación en la que las palabras se hayan refugiado, tímidas, en tu garganta, y tus cuerdas vocales no hayan podido generar los vocablos del miedo. ¿Por qué sucede esto? Porque pensamos en términos de imposibles en vez de improbables. Pensamos que no somos lo suficientemente buenos, lo suficientemente guapos, lo suficientemente listos... Lo pensamos tanto, que acabamos siendo suficientemente idiotas. ¿Qué es lo que marca qué es "suficiente" y qué no? O, mejor dicho, ¿quién? La respuesta correcta es: tú mismo. 

   Es cierto que no somos únicos en el mundo, pero también es cierto que no hay nadie como nosotros. Suena a paradoja, y en cierto modo lo es. Pero estoy segura de que nadie, en este mismo momento, está sintiendo lo que yo siento, ni ha vivido lo que yo he vivido, ni guarda las palabras que guardo yo, y que en este momento estoy dejando al descubierto. Por ello, todos debemos pronunciar nuestras palabras. En toda clase de situaciones. La comunicación es poderosa, y es nuestra mejor arma. Decid todo lo que llevéis dentro, venced vuestros miedos, vuestra indecisión... Y dejad que venzan las ganas. Todos tenemos algo que decir.

Al final, todo se trata de eso: palabras. Pero... ¿Las palabras no se las llevaba el viento? 
Y una mierda.

Gracias, Jesús.

sábado, 14 de enero de 2017

"Vida, dulce trampa mortal"


Alarma de autodesconocimiento. Félix Prieto, Lucía. (Málaga, 2016).


   Todos los seres humanos poseemos una tendencia natural a optar por la autodestrucción. De entre los miles de caminos que podemos escoger, nos inclinamos por la opción que más daño es posible que nos haga. Y lo sabemos, claro que lo sabemos; pero nos decantamos por ello de igual manera. ¿Qué sentido tiene? Ninguno. ¿Somos estúpidos por naturaleza, entonces? Lo dudo. Lo que ocurre es que resultamos ser lo suficientemente ingenuos como para nublar dicha opción nociva, autoconvenciéndonos de que quizás sea lo que debemos hacer; lo que realmente queremos, lo que pensamos que va a poder hacernos felices... No obstante, como ya sabemos de sobra, el dolor y la felicidad no son sentimientos compatibles. Esta última se define como la ausencia de aflicciones; y es, por tanto, antónima del sufrimiento. Pero qué cabeza tan mórbida la nuestra, que decide castigarnos por permanecer semidormidos.

   De repente llega un día en el que miras "tu reflejo" en el espejo y no te reconoces. "¿Quién es este que se ha apoderado de mi cuerpo?". Te sientes desconcertado, deshecho, confundido... "Yo no soy lo que el cristal me muestra", afirmas rotundamente, asustado. Tus ojos lucen derrotados, arropados por unas oscuras ojeras que evidencian el cansancio que arrastras. Tu piel ha perdido color, suavidad... Luz, esa luz de la energía que tanto te caracterizaba. Ahora está mucho más pálida y tersa, más apagada..., como tu luz, igual de extinta.

   Entonces te preguntas qué ha podido suceder... Y en ese mismo instante lo sabes. Sabes que la única causa de extinción has sido tú mismo. Emergen en tu memoria recuerdos de aquellos momentos en los que decidiste darte por vencido aun sabiendo que existía la posibilidad lejana de éxito, por muy mínima que fuera; todas esas veces en las que te odiaste, porque aquello que querías (y que pensabas que necesitabas) estaba "fuera de tu alcance". Cuando tu única solución o vía de escape era el alcohol, beber hasta dejar de ser consciente de tu propia existencia, camuflar momentáneamente tu insatisfacción y tristeza y dejar de recordar quién eras y cuál era tu vida... Todo, todo ello para nada. Para olvidar lo ineludible... Menuda táctica de mierda, con perdón de la vulgar expresión.

   Pero eres consciente de algo más: esto no te ocurre solo a ti. Estás rodeado de máscaras, tras las que se esconden sustancias inertes, quebrantos de ilusiones, humo que se disipa. Todo, o casi todo el mundo a tu alrededor constantemente recurre a vanos procedimientos como los tuyos. Unos se refugian en relaciones tóxicas, otros se aíslan, muchos se entierran bajo sustancias nocivas, drogas de la calamidad. Cada uno de ellos se encierra en su propia burbuja, demasiado atemorizados como para enfrentarse al mundo, que los desafía con garras... La vieja tortura de la inconsciencia. Novios de la muerte.

   Y yo me pregunto: ¿por qué no reivindicar formas de evasión tan bonitas como un abrazo, en vez de entregarnos a armas sutiles de destrucción masiva? Nosotros y nuestra maldita manía de autodestruirnos. Luchemos contra nuestros instintos suicidas.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Hasta siempre, 2016


Las lágrimas del otoño. Félix Prieto, Lucía. (Madrid, 2016).


   Del 2016 me llevo muchas cosas... Quizás demasiadas. No voy a mentir y deciros que ha sido un año fácil, sino todo lo contrario. Ha sido el año de la transición, del cambio, tanto personal como social. Uno de los años más difíciles hasta el momento. Ha sido el año de descubrir un nuevo mundo, y de redescubrirme. El año de las lecciones, del aprendizaje forzoso, y de subir a las nubes para luego resbalarme y caer de golpe en el pavimento. No obstante, también ha sido uno de los mejores años de mi vida. El de las casualidades y los descubrimientos. El de la confianza, el amor, la amistad... El año de la esperanza. El de volver a creer en todo y en todos. El de encontrar dónde se encuentra o se puede encontrar mi felicidad. 

   He aprendido muchas cosas a lo largo de estos 365 días. Entre ellas, a ser fuerte. A luchar contra la "yo" que no quiero ser, y a resurgir de mis cenizas. A poder mirarme en un espejo y no querer llorar cada vez que lo hago; a sonreir porque me veo guapa, o porque los demás me ven así (y no estoy hablando de apariencias). A sonreir, en general. A valorar cada uno de los pequeños detalles que día a día se me brindan, ya sean pequeños placeres o acciones provenientes de las personas que quiero. He aprendido... A controlar mi vida. A escribir mi camino y a comenzar a recorrer la senda por el principio. A seguir las señales que se me van presentando, y a frenar cuando es necesario. A pararme y recapacitar. A darlo todo por aquellos que se lo merecen. He aprendido a ser una buena persona, a ayudar a cualquiera que lo necesite, a cambiar las lágrimas de la gente por muecas de alivio. He aprendido que quizás en el lugar menos pensado puedo llegar a encajar con personas a las que coger un cariño inmenso en poquísimo tiempo; y a mantener a mi lado a la gente que siempre me ha apoyado y querido.

   Y hablando de querer... Sobre todo, he aprendido a hacerlo; o, mejor dicho, me han enseñado a ello. Sí, a mí, una persona que no sabía ni quererse a sí misma. He querido y quiero por encima de mis posibilidades. Y ojo, que no hablo solo de amor romántico, que también; sino del amor en todas sus variantes: amistad, familia... He aprendido a valorar todo y a todos los que tengo a mi alrededor. A darlo todo de mí si es necesario para verlos felices, a entregarles mi tiempo y mi dedicación a las personas que sin duda lo harían por mí (a los demás, que les den). A dar abrazos (pero tampoco más de lo necesario, que se pierde el significado). A saber decir "te quiero" sin que me tiemble todo el cuerpo, a transmitir lo que siento en forma de versos, y de besos; a creer en todo aquello que había dejado siquiera de considerar porque un día me hicieron daño. Sorprendentemente, te das cuenta de que el amor no tiene que doler, sino hacerte feliz. Que si da un poco de miedo al principio, es que merece la pena arriesgarse. Y creedme cuando os digo que volvería a arriesgarme una y otra vez.

   ¿Propósitos para el año nuevo? Quizás no tenga ninguno, quizás tenga demasiados como para enumerarlos. Prometo seguir mejorando cada día para convertirme en aquello que quiero ser, cumplir cada objetivo que me proponga por imposible que parezca (recordad, no hay nada imposible si la ambición y las ganas garantizan el éxito), demostrarle a la gente que quiero lo mucho que lo hago, viajar para redescubrirme (y para ayudar a redescubrir), y seguir aportando granitos de arena a mi reloj de la felicidad, que se rellena cada día gracias a todos vosotros. 

   2017, te pido que seas bueno, y que me llenes tanto como lo hizo el 2016. Solo eso.

domingo, 13 de noviembre de 2016

El poder de valorar las cosas


Cerrados atardeceres. Félix Prieto, Lucía. (Playa de la Misericordia, Málaga, 2016).

     Resulta irónico, a la par que triste, lo poco que valoramos todo lo que poseemos. Y no, no hablo solo de las insignificantes cosas materiales de las que hacemos objetos imprescindibles; como nuestro teléfono móvil, prolongación de la propia existencia. Hablo de aquello junto a lo que nos levantamos cada día, materializado en forma de palabras, sonidos, e incluso personas. Pero las personas no se poseen. Las personas, además, son libres de permanecer a tu lado; y día tras día mantienen su elección. Se mantienen contigo. Y eso es lo que, principalmente, más me entristece de esto: que somos incapaces de valorar a quienes están ahí... Hasta que se van. Y se van para no volver.

     A veces damos por supuesto que una persona va a permanecer a nuestro lado pase lo que pase, y obviamos la necesidad de demostrarle que queremos que lo haga. Poco a poco, descuidamos la relación (ya sea amorosa, de amistad...) porque la damos por sentada. Y eso... Es uno de los mayores peligros. El hecho de no valorar lo que tenemos constituye unos de los peores defectos de la Humanidad. No, no estoy exagerando. Una vida no es nada sin aquellos a los que queremos, que nos dan energía cada día, que nos apoyan y nos quieren de vuelta. Si los perdemos, estamos perdidos.

     Da vértigo pensar, al mirar a alguien a los ojos, que puede ser que esa sea la última vez que esté ahí; o que con el tiempo ese reflejo en sus pupilas empiece a verse difuminado, y desaparezcas. Que desaparezcas tú a la vez que él o ella desaparezca de tu vida. Y te entra un miedo terrible a perderlo todo. Claro, ahora que eres consciente de que todo aquello en lo que crees puede desvanecerse de un momento a otro. Solo así te permites valorarlo y protegerlo. Quererlo, y demostrar lo que lo quieres. Es trágico ser consciente de que todo funciona así. Demasiado.

     Y ahora dime que no te ha pasado. Dime que no ha sido el punto de inflexión en el que te das cuenta de que estás perdiendo a alguien cuando te da por demostrar lo que lo necesitas. Permíteme decirte que te equivocas, aunque creo que eso ya lo sabes. Que las cosas no se demuestran de un día para otro, y que uno no aprende a confiar a raiz de míseras palabras.

     No obstante, siempre asoma un rayo de esperanza. Siempre existe esa persona que te hace querer creer que va a ser capaz de demostrar las cosas, porque al fin y al cabo sabes que las siente. Quizás no solo sea problema de la gente. Quizás el problema sea tuyo, por no considerar nada suficiente. Por esperar más de lo que la otra persona puede darte. Por creer que todo va a salir bien siempre, y si no, no está destinado a ser. No todo es así, no todo tiene por qué ser blanco o negro, "también existen las tonalidades grises".

     ¿Qué nos queda? Os preguntaréis. No nos queda otra que confiar, confiar en que algún día vamos a sentirnos valorados, queridos... Tanto como creemos que merecemos. Porque, como diría Stephen Chbosky: "Aceptamos el amor que creemos merecer"; cuando, realmente, lo que esperamos es que alguien nos quiera más de lo que merecemos. Menuda ambición más absurda y contradictoria, ¿no es cierto?

martes, 1 de noviembre de 2016

Metafóricamente hablando

     

Conocer a una persona es leer un libro. Félix Prieto, Lucía. (Málaga, 2016).

     ¿Sabéis? Me he dado cuenta de que cada persona es un libro. Sí, con sus letras, sus páginas, sus escritos, sus significados. Con el doble sentido de sus párrafos. Las enseñanzas de vida transmitidas a quien se adentra en el mar de dudas que siembra con su historia. Los personajes que protagonizan las hazañas, sus experiencias vividas con un toque de tinta e impresión. El olor a nuevo o añejo de sus contraportadas. La magia de sus palabras. El éxtasis que provoca en el lector que decide adentrarse en lo desconocido de su crónica anunciada. 

   Apreciamos la portada del libro cuando nos lo presentan. Muy lúdico, muy gráfico. Muy superficial. Aquí formulamos los famosos prejuicios, las primeras impresiones sobre una historia que desconocemos. Aquí... Actuamos con soberana estupidez. Se nos ha advertido habitualmente que no debemos juzgar un libro por su portada, y creedme cuando os digo que esta es una de las afirmaciones que se cumple en casi la totalidad de los casos. Un libro puede no parecernos atractivo, bonito, interesante, en un primer vistazo; sin embargo, al ojear sus páginas y leer por encima algunas de ellas, nos damos cuenta de que quizás sí tenga algo que ofrecernos. Y es que es tanto lo que perdemos por nuestra manía de ignorar la inmensidad de las memorias ajenas...

    Empezamos a conocerla. Leemos el prólogo de su historia. Puede cautivarnos, puede desanimarnos. Incluso puede hacer que desaparezcan nuestras ganas de profundizar en él. Nos hace replantearnos si merece la pena invertir nuestro "valioso" y limitado tiempo en algo en lo que no confiamos. No importa, queda mucho más por analizar. Continuemos. Arriesguémonos a leer un libro que no nos atrae demasiado. Quién sabe si acabaremos devorando sus páginas. 

     Pasamos al primer capítulo. ¡Vaya, si parece que al final va a estar interesante! Comenzamos a conocer a los agentes que intervienen en este relato vital. Se presenta. Nos cuenta sus gustos más superfluos. Como los ojos de color claro, los libros, la escritura, la poesía. Qué sé yo, el sonido del mar. Pero no es suficiente, queremos saber más. Necesitamos saber más. 

     Continuamos avanzando en el cautivador diario, y nos damos cuenta de las mil y una puertas ocultas que hay en cada habitación recóndita. Nos da miedo abrirlas. Claro que nos da miedo. Todo lo desconocido nos provoca siempre un profundo terror irremediable. Pero sabemos que queremos hacerlo. Y solo entonces, conforme escuchamos el relato de lo invisible, sabemos que ha merecido la pena. Entendemos cómo le gustaba el sonido del mar porque le hacía trasladarse a tiempos remotos en lo que todo parecía fluir de forma constante y tranquila, antes de que la tormenta irrumpiera y tornara la marea hacia lo caótico. La atracción incurable por el color claro de los ojos, pues estos son el espejo del alma, y reflejaban la pureza de un alma inundada por amor. O quizás los libros, la literatura... Su salvadora, su terapia. La evasión de su turbio desastre.

     Es, y me atrevo a afirmar, algo mágico el hecho de conocer verdaderamente a una persona. Adentrarnos hasta lo más profundo de su cueva, donde habitan las sombras con las que convive. Ver reflejados en sus páginas todos sus miedos, inquietudes, sueños, frustraciones, ilusiones... El brillo del que se le inundan las palabras al hablar sobre algo que le apasiona, la corrida de tinta de sus letras cuando sus palabras lloran.

     Una persona es poesía, es verso, es metáfora... Es arte. Y como tal, merece ser admirada. Al igual que le ocurre a un lector con su libro. Porque siempre, cuando acabe de leer la última página de su historia, mirará con nostalgia hacia el pasado. Y se saltará el epílogo. Porque sabe que ese libro está inacabado, incompleto; y que aún le quedan mil y una facciones que descubrir. Nunca se conoce del todo a una persona, al igual que no se percibe enteramente el significado de un libro. Quizás eso sea lo bonito: la magia de lo oculto.

domingo, 16 de octubre de 2016

Pérdidas y reconstrucciones

   

Tonalidades de atardecer, desde el balcón. Félix Prieto, Lucía. (Málaga, 2016).

   Es increíble darse cuenta de la fragilidad de las cosas... Saber que, en cualquier momento, todo aquello que permanece contigo, o que eres... puede desvanecerse. Sí, de un momento para otro. Todo aquello que ha costado sudor y lágrimas construir, ese castillo de naipes que tiene aspecto de amistad, relación, o en términos generales: vida... Puede desfallecer. Y, a veces, transformarse en un cristal roto, imposible de recomponer pieza a pieza.

   Entonces, quedan dos opciones: asumir que es imposible volver a edificarlo, o preparar la mezcla de cemento para recolocar y fijar los cimientos, los ladrillos que conforman la estructura de aquello que añoras y temes extraviar. Una ardua tarea, con infinitas posibilidades de fallar en el intento. Misión suicida de reconexión. Convertirte en arquitecto de lo descompuesto. Mago de lo descarriado.

   Sabes que pesa más el miedo a perderlo, que la dificultad de recuperarlo. Rebobinar hacia atrás el cassette, y volver a grabar la historia. Pausar, borrar, play. A veces nos disipamos, perdemos el rumbo... Pero esto no nos impide retomar la senda del desorientado. ¿De veras merece la pena darse por vencido? Nunca. 

   "Si amas algo, déjalo ir". Tonterías. No, no lo dejas ir: luchas por ello. 

lunes, 10 de octubre de 2016

Cómo huir sin desaparecer en el intento


La libertad de volar. Félix Prieto, Lucía. (Monte de Gibralfaro, Málaga, 2016).

   A menudo sentimos la necesidad de huir. En ciertas ocasiones, este deseo de escape se encuentra enfocado al mundo que nos rodea. Nos abruma la realidad que nos ha tocado vivir. Nos ahoga, nos asfixia. Nos sentimos rodeados de seres inertes que camuflan la vista a un horizonte de esperanza, y sabemos que el único rayo de luz que nos podría alcanzar se encuentra lejos. Muy lejos. Darías lo que fuera por esfumarte entre las nubes y despertar en un sitio totalmente ajeno. Empezar de cero, sin que nadie conociera el manuscrito de tu supuesta existencia... Redactado por escritores que no son tú. Forjar la persona que realmente te gustaría ser, no la que se te impone que seas, personaje alimentado con expectativas inalcanzables. Suena tentador... 

   Si os digo la verdad, son escasos los momentos en los que no he querido dejar de pertenecer al sitio en el que me encuentro. Esto lo descubrí hace relativamente poco tiempo, aunque siempre lo he tenido muy dentro. Como un deseo inalcanzable, que mi razón trataba de ocultar para evitar el sufrimiento de ser consciente, la ingenuidad de sentirse acogido cuando en realidad no era más que una extraña en un mar de confusión. Un viaje. Un simple viaje me hizo darme cuenta de que necesitaba (y necesito) redescubrir mi mundo. Redescubrirme. Y eso, en la realidad en la que vivo, es irrealizable. 

   Sin embargo, hay algo que acobarda la salida. Dejar atrás. Abandonar todo lo que ha pertenecido a mi vida, cerrar mi libro antes de escribir el epílogo y comenzar el prólogo de una nueva historia. Me dan verdadero pánico los cambios, tomar decisiones, depender únicamente de mí misma... "¿Cómo saber si un giro de 360º es lo que uno necesita?", os preguntaréis. Eso simplemente se sabe. Y creedme, yo lo sé. Lo sé demasiado bien. Pero tengo miedo. Por suerte o por desgracia, aún no ha llegado el momento de partir. Cuando ocurra, solo entonces sabré si me he equivocado al escoger una senda alejada de la comodidad. O todo lo contrario.

   Existen muchos tipos de huidas, no solo las espaciales, recurrentes en mi pensamiento, como habéis podido comprobar. Las  huidas temporales, error desconsolado de románticos que albergan su esperanza en el recuerdo de tiempos pasados; desdichados entre los que me incluyo: ¡o tempora, o mores!... También las denominadas (por una servidora) huídas artísticas, refugio en lienzos, fotografías, melodías, letras, versos... representaciones de una realidad foránea, niebla de nuestra esencia, placebo para nuestro tormento. Y como ellas, infinidad de diversas vías de escape. No obstante, la huida más complicada es la que se pretende realizar de uno mismo.

   ¿No seria peligroso deshacernos de nuestra esencia? ¿No resulta aterrador? ¿Un acto cobarde? ¿Osado? ¿Necesario? ¿Prescindible? ¿Astuto? ¿Engañoso? No, borrar nuestra historia es misión imposible. No podemos huir de nosotros mismos, por mucho que queramos asumir que existe una mínima probabilidad de éxito en el intento. No podemos deshacernos de aquello que hemos sido, porque gracias a nuestras acciones conformamos la persona que somos hoy en día.

   Ley de causa y efecto, inalterable, constante...  "Todo lo que te sucede en el presente es lo que has creado en el pasado, y todo lo que estás creando en el presente, es lo que te sucederá en el futuro". Como un círculo vicioso, un laberinto personal ideado por cada uno de nosotros, del que es imposible encontrar la salida. Solo queda asumir el impacto y originar nuevos móviles que elaboren un original mapa de objetivos y sus correspondientes consecuentes.

   En palabras de mi querido Stephen Chbosky, “we can't choose where we come from, but we can choose where we go from there". No podemos suprimir una parte de la historia, reescribirla, o tirar el papel del ensayo a la basura... pero sí podemos poner punto y aparte, y continuar nuestra obra teatral por un nuevo acto. No podemos huir... podemos evolucionar. Sin desaparecer en el intento.

sábado, 1 de octubre de 2016

El pasado, pasado está


Amanecer en el mar. Félix Prieto, Lucía. (Playa de la Misericordia, Málaga, 2016).

   Todos y cada uno de nosotros hemos caído más de una vez en el error de volver al pasado. No estoy hablando de forma presencial, pues es físicamente imposible; pero sí en el pensamiento. La de veces que habremos intentado revivir una escena en nuestra cabeza... Ese primero beso, el primer "te quiero", la primera vez que miraste a esa persona a los ojos y comprendiste que era con la que debías estar... O, simplemente, fuera de materia amorosa, uno de esos días en los que la vida te sonríe, y no te importaría volver a él todas las veces que fueran posibles. Cual simpatizante de Nietzsche y su teoría del eterno retorno.

   Se presenta entonces un problema. Uno muy grande. No, no podemos volver al pasado. Por mucho que queramos. Y tampoco podemos recordar permanentemente todo aquello digno de permanecer en la memoria. "Pues qué putada", dirían algunos. Yo, sin embargo, tras mucho experimentar en primera persona el dolor que supone recrearse en tiempos anteriores, he llegado a una conclusión final: vivir en el pasado no es más que una forma rápida de morir. Recordar... duele. Vivir en el pasado... consume. O si no, que se lo digan a la nostalgia, fiel compañera de tardes tristes con música de Coldplay y Keane de fondo. Sé lo que es mirar una y otra vez las fotografías de tiempos antiguos, y que aparezcan en mi memoria miles de momentos que ya no van a volver. No, nunca van a volver. 

   Sin embargo, hay algo más que me perturba. Más que perturbarme, me entristece. ¿Por qué no somos capaces de recordar sentimientos? Las imágenes, sonidos, palabras, colores... Todo, todo permanece en nuestra memoria. ¿Por qué no la forma en la que nos sentimos en determinado momento? Tenemos recuerdos vacíos. Incompletos. Y, entonces... ¿Realmente queremos "vivir" (si es que realmente se puede llamar así a estancarse en el pasado) sintiéndonos entes vacíos?

-  Es hora de dejar la melancolía en casa y salir a vivir. Pero a vivir de verdad. -

   Porque, como diría Ted Mosby, "you can't cling to the past. Because no matter how tightly you hold on, it's already gone".

lunes, 26 de septiembre de 2016

El tiempo y su paso


Juego de tonos, luces y oscuridad. Félix Prieto, Lucía. (Monte de Gibralfaro, Málaga, 2016).

   ¿No habéis tenido nunca la sensación de que estáis perdiendo el tiempo? Yo siento que se me escapa cada día. Estoy congelada. No puedo moverme, no consigo avanzar. Sin embargo, el tiempo sigue transcurriendo. Corre, vuela. Y yo sigo aquí, petrificada, como ausente. Noto cómo cada vez la vida pasa más deprisa, y yo me muevo más lento. O directamente no consigo despegarme del suelo.

    He de decir que tengo pánico a los relojes. Observar cómo las agujas avanzan. Cada hora, cada minuto, cada segundo. Tic, tac. Tic, tac. Se acaba el tiempo. Se agota. ¿Y si se me acaba el tiempo? ¿Y si me quedo sin vida suficiente? Será culpa mía. Todo será únicamente culpa de mí misma.

   A veces nos negamos pequeños placeres por el hecho de considerarlos una pérdida de tiempo. Como quedarse mirando fijamente al horizonte con un atardecer bonito, perderse entre el juego de colores, luces y sombras que ofrece. O dar un paseo por la playa, sintiendo el mar y su paso, el romper de las olas, la brisa marina acariciando nuestra mejilla. O, vete tú a saber, la lectura de un poema de Luis Cernuda a la luz de la luna. Cuán bohemia me pongo, por cierto. Pero... ¿Qué es realmente perder el tiempo?

   ¿Sabéis? Antes, releyendo algunos fragmentos de mi libro favorito, "Momo", de Michael Ende (una obra maestra, sin duda), me llamó la atención una frase que dice así: "Porque cada hombre tiene su propio tiempo. Y solo mientras siga siendo suyo se mantiene vivo". Reflexionad sobre ello antes de seguir leyéndome, tan solo unos minutos. Sí, de ese tiempo que tanto tememos malgastar.

   Somos nosotros mismos por esos pequeños momentos que nos dedicamos, esos placeres a los que sucumbimos, y que nos "roban" minutos de nuestra preciada vida. Y digo preciada con cierto "retintín", porque creo que los límites del significado de esta palabra se tornaron difusos hace mucho.¿Qué consideramos nosotros vida hoy en día? ¿Es acaso vida la supervivencia en un mundo que nos consume, que nos hace infelices, que nos obliga a vivir en una realidad que no nos gusta? A mi parecer, nada de esto es vida. No lo es, y lo peor es que somos nosotros los que permitimos que no lo sea. Nos resignamos a un concepto de vida que la sociedad determina, que nos dice que para alcanzar la felicidad necesitamos aprovechar nuestro tiempo. ¡Cómo si ellos supieran qué es lo que nos hace felices! Somos simple marionetas de una sociedad dictadora. Y así... Así, no vivimos. Pero claro, eso es solo mi opinión.

   - Ningún tiempo es perdido si lo empleamos en hacer algo que nos haga felices -

domingo, 25 de septiembre de 2016

Comienzos

 

La suavidad de una planta. Félix Prieto, Lucía. (Málaga, 2016).

   Si os digo la verdad, no sé cómo empezar ni sobre qué escribir. Es mi primera entrada en el blog. La primera de muchas.

   Se avecinan cambios en mi vida. Es época de empezar de cero en otro lugar, aunque este lugar permanezca cerca de "casa". De mi hogar... ¿Hogar? No creo que sea esta la palabra adecuada. Para mí, no existe como tal; al menos no de forma física. No pertenezco a ningún sitio. Siempre he querido huir lejos, muy lejos; y creedme: algún día lo haré.

   Sin embargo, en cuestión de días comienzo la universidad. Sitio nuevo, profesores nuevos, amigos nuevos. Quién sabe si serán amigos, o simplemente conocidos. El caso es que no sé cómo sentirme al respecto. Me invaden emociones diversas. En primer lugar, ilusión. Ilusión por conocer algo nuevo, cambiar de aires, sentirme un poco más "yo"; enfocando mi vida hacia lo que me gusta, acercándome cada día un poco más a mi meta, a lo que quiero escoger como camino. Pero también miedo, incertidumbre, dudas. ¿Y si me equivoco? ¿Y si realmente no es lo que me gusta? Puedo ser tan segura como insegura respecto a mí, y eso es un gran defecto. Una contradicción, palabra que sin duda podría describirme como ninguna otra. No obstante, sé que si no me hubiera arriesgado a elegir esta carrera, me hubiera arrepentido. O no. Quién sabe.

   Además, le tengo un pánico terrible a los cambios, aunque yo misma reconozca que son necesarios. Cuando uno se pone a pensar en el fin de esta etapa, lo primero que se le viene a la cabeza es un "voy a echar de menos todo esto". Tras seis años acostumbrados a una incesante rutina cada día, en el mismo lugar, viendo las mismas caras de sueño cada mañana, riendo y viviendo muchas otras experiencias con las mismas personas... De repente, todo cambia. Y pensar que todo ello no va a volver a ocurrir, quizás dé un poco de vértigo. Por no decir demasiado. O quizás soy yo, poniéndome nostálgica al escribir esto. No lo sé.

   Cada una de las personas que han formado parte de tu vida hasta la fecha escoge un camino diferente. Lo efímero de algunas amistades se basa tristemente en eso: la diversidad de elecciones favorece el distanciamiento. Y, a veces, el hecho de distanciarse desemboca en una pérdida. Sin embargo, he aprendido, tras muchas experiencias similares, que los amigos vienen y van, y van y vienen. Que quien de verdad quiere permanecer a tu lado, vuelve; por mucho que se aleje. Por ello, he de decir que, al menos en este aspecto, no estoy del todo preocupada.

   Lo que verdaderamente me preocupa soy yo. Pero eso es una larga historia que os contaré otro día. O quizás no.

*Nota mental: debería dejar de parecer tan dudosa cuando escribo. O puede que me guste que mi escritura me refleje. Bueno, no. Mejor no.

Mucha suerte a todos en vuestro nuevo y propio camino.