miércoles, 25 de enero de 2017

Las palabras (no) se las lleva el viento


Florecer. Félix Prieto, Lucía. (Álora, Málaga; 2017).


   Imagina que te proponen que cierres los ojos, que te concentres y relajes, sumergiéndote en tu propio mundo de pensamientos. Entonces, imagina que te plantean que vuelvas al momento en el que alguien pronunció palabras hirientes en tu contra, que calaron en lo más hondo de ti. Sí, piensa en esas palabras, aunque duelan (y no precisamente poco). Lo notas, ¿verdad? Es como si esas insignificantes palabras se hubieran quedado clavadas en tu memoria, como si aún pudieras sentir el daño que te ocasionaron. Ahora, imagina que te plantean exactamente la situación contraria, y que debes recurrir al recuerdo de palabras que te hicieron feliz, que en el transcurso de dicho discurso te hicieron sentir una persona afortunada. Sí, veo la sonrisilla tímida que se dibuja en tu rostro. Es increíble el efecto duradero de las palabras...

   Es triste darse cuenta de las mil y una palabras que se quedan sin decir, aunque detrás de ellas haya existido el motor que trataba de impulsarlas. Llámalo deseo, llámalo ganas, llámalo amor... Llámalo como quieras. Seguro que también puedes pensar en una situación en la que las palabras se hayan refugiado, tímidas, en tu garganta, y tus cuerdas vocales no hayan podido generar los vocablos del miedo. ¿Por qué sucede esto? Porque pensamos en términos de imposibles en vez de improbables. Pensamos que no somos lo suficientemente buenos, lo suficientemente guapos, lo suficientemente listos... Lo pensamos tanto, que acabamos siendo suficientemente idiotas. ¿Qué es lo que marca qué es "suficiente" y qué no? O, mejor dicho, ¿quién? La respuesta correcta es: tú mismo. 

   Es cierto que no somos únicos en el mundo, pero también es cierto que no hay nadie como nosotros. Suena a paradoja, y en cierto modo lo es. Pero estoy segura de que nadie, en este mismo momento, está sintiendo lo que yo siento, ni ha vivido lo que yo he vivido, ni guarda las palabras que guardo yo, y que en este momento estoy dejando al descubierto. Por ello, todos debemos pronunciar nuestras palabras. En toda clase de situaciones. La comunicación es poderosa, y es nuestra mejor arma. Decid todo lo que llevéis dentro, venced vuestros miedos, vuestra indecisión... Y dejad que venzan las ganas. Todos tenemos algo que decir.

Al final, todo se trata de eso: palabras. Pero... ¿Las palabras no se las llevaba el viento? 
Y una mierda.

Gracias, Jesús.

No hay comentarios:

Publicar un comentario